domingo, 22 de septiembre de 2019

Cuando el silencio se hace música.


Extracto del libro: Viaje a la India para aprender Meditación. Ediciones Almuzara.

Intentar transcribir en una hoja de papel lo que el corazón siente cuando los colores del atardecer van surcando el cielo de Amritsar a la vera del Templo Dorado es tanto como pedirle al mar que se contenga en el hoyo que un niño excava en la arena de la playa. No obstante, deseando complacer a ese niño, y hacer que sonría, las olas no dejan de intentarlo una y otra vez. De la misma manera, y movido por ese mismo sentimiento amoroso, yo no dejo de intentar encerrar en este libro las vivencias de mi océano interior para mostrarle al lector el sabor de los frutos de mi búsqueda; la cual, llegados a este punto, creo que también se ha convertido en su propia búsqueda, o al menos eso desearía.  

Contemplando tanta belleza lamento que, cuando era pequeño, nadie me enseñara en la escuela la magia que se respira a la vera del canto salmodiado del Gurú Granth Sahib, ni la sabiduría que encierra la reflexión silenciosa de sus numerosos versos. Desafortunadamente, nada me dijeron de las joyas que llevo en mi interior, ni de cómo sacarlas fuera de la mina del cuerpo. No me enseñaron a dominar mis pensamientos, ni a subyugar mis bajas pasiones, ni a comprender mis instintos. Ningún libro de texto me advirtió de la riqueza de la búsqueda espiritual, ni de la pobreza de quien está sometido a la ignorancia, ni de la soledad del sendero del conocimiento. Durante años, mis tutores se empeñaron en obligarme a memorizar datos y más datos que para ellos resultaban importantísimos, ¡fundamentales! Paradójicamente, nadie me enseñó lo único verdaderamente importante, lo auténticamente fundamental, a conocerme a mí mismo, a buscar la auto-realización y a ser mejor persona.

Los sacerdotes que pretendían ser mis guías espirituales, no paraban de hablar del Dios que habían leído en la Biblia. No obstante, no conocían nada de la experiencia del Dios interior que había cimentado todas y cada una de las palabras, y de los hechos, en la vida de mi querido Jesús de Nazaret. Un Dios que se manifestaba en el interior de cada uno de nosotros, al cual solo podías conocer mediante la experiencia directa. Pero, si ellos ni siquiera se conocían a sí mismos, ¿cómo pretendían conocer a Dios?  

Recuerdo que cuando salí del instituto, podía recitar de principio a fin la dinastía de los reyes godos, pero no podía comprender por qué los seres humanos sentimos miedo, celos, ira y frustración. Todos aquellos que querían modelar mi futuro, tenían una vida llena de sufrimientos debido a sus malas decisiones. Sin embargo, pretendían ser un modelo de vida, procurando que todos los imitásemos. Únicamente cuando me di cuenta de su locura, pude poner remedio a mi destino; tal vez por eso decidí viajar a la India.

Aunque resulta triste decirlo, en el poco tiempo que pasé al lado de Sheij Nazim, de Baba, de Mehmet, y de Tenzin, había aprendido más de mí mismo, y del mundo, que todos los años invertidos en mi educación occidental. Cuatro maestros que, con su ejemplo, no paran de gritarle al mundo que el ser humano es mucho más que un montón de deseos insatisfechos que malviven en un cuerpo, el cual tiene que contentarse llenándose la panza, engordando el ego, y cincelando su propia infelicidad a través de la adquisición de fama, objetos materiales, y superficialidad.

Para los Sijs, hay un único maestro, que no es otro que Dios, el Maestro Maravilloso. Por tanto, un Sij del Gurú es un discípulo de Dios, sea como fuere que Él se nos haya presentado. Vishnu, Shiva, Jesús y Krishna son Dios. Tu hijo, tu madre, tu hermana, tu amigo y tu esposa son Dios. Pero Dios también puede ser una piedra en el camino, tu peor enemigo, e incluso una situación adversa, en la medida que todo eso te ayude a aprender una importante lección que te sirva para crecer en sabiduría.  

En esos mágicos instantes en que los últimos rayos del sol se ocultan por el horizonte, Amritsar se sume en el silencio y los peregrinos detienen su trajín alrededor del lago sagrado - preludio de la tensa espera que antecede la apertura del Gurú Granth Sahib –, disponiéndose a escuchar la canción del alma que compuso Gurú Nanak. Una melodía que asegura que un solo Espíritu se mueve dentro de la creación – Ik Om Kar -, coordinando, consolidando, continuamente creando. Un Espíritu que también es nuestra verdadera identidad. Un Espíritu que, transitando la inmortalidad, se convirtió en forma, moviéndose y manifestándose por su propia pureza y proyección. 

Quien consigue comprender esta verdad, se hace uno con la Verdad. Empero, no podemos caer en el pensamiento cartesiano occidental, ya que esta verdad no proviene de ninguna ideología, ni de la razón, ni siquiera de la lógica. Ningún pensamiento nos dará lo que buscamos, ya que el espíritu está por encima de cualquier pensamiento.

Wahegurú, siendo como es, el creador de pensamientos, ¿qué pensamiento podría contenerlo? Tan solo su recuerdo, la recitación de su sagrado Nombre, será el hoyo en la arena de la playa que conseguirá liberar al ser humano de todo sufrimiento, de su karma negativo, y de su propia Maya, pero no por sus propios méritos, sino por el infinito amor del océano. De esa manera se consigue la comprensión y la sabiduría, no por la mente, sino por la experiencia del amor que somete incluso a la propia mente.  

Cuando el alma se sintoniza con el infinito, espontáneamente tiene que cantar, danzar, o recitar poesía… De esa manera, el silencio se hace canción, y el meditador ya no sabe qué es mejor, si callar o cantar, reír o llorar, beber o estar sediento. Una canción acompaña al bebé cuando sale del silencio del vientre materno, y una canción acompaña al moribundo antes del regresar al interior del útero de la Eternidad. En ese cantar del alma, algunos se dedican a declamar las virtudes del Señor, mientras otros no pueden ni siquiera recordar sus propios nombres.

Cuando los contrarios se juntan, el meditador acaba comprendiendo que el sol del espíritu creador siempre ha brillado en el corazón de la oscuridad, iluminando a los seres, haciéndolos transparentes, brillantes, divinos… Que la oscuridad es maya, ¡no existe! Que jamás ha existido fuera de nuestra mente, y que todo el universo y la creación es pura luz.

A la vera de Undécimo Gurú, el tiempo de la recitación se va extinguiendo, respetando el ritmo de las plegarias, hasta que los versos consagrados dejan su lugar al murmullo de los peregrinos que salen de nuevo del complejo religioso. Entonces el libro sagrado calla, cierra su cubierta, y es devuelto al lecho, donde será arropado con telas de vivos colores hasta el próximo amanecer. Mientras, la luna se refleja en las aguas trasparentes del lago que rodea el templete, y la oscuridad deja ver por fin las estrellas titilando en el cielo. En estos pacíficos momentos, la vida vuelve a su trajín, aunque muchos a mi alrededor prefieran detenerse y sentarse en silencio a buscar el silencio. Sin embargo, yo sé que el silencio no llegará, porque el espíritu que llevamos en nuestro interior no ha dejado de cantar el Mul Mantra, la canción del alma que se pasea por el exterior. Es aquí donde Dios me estaba esperando, y yo no lo sabía. Es aquí, desde lo más profundo de mi propio ser, desde donde puedo llegar a la cercanía de su Trono. Desde la más profunda oscuridad de mi interior, alcanzo el lugar donde todo es luz, el séptimo cielo. Desde este lugar, en la India, logro divisar Jerusalén. En el más recóndito silencio de mi mente, consigo escuchar mi espíritu recitando la sílaba OM. ¿Qué puedo decir cuando descubro que hasta el último átomo de mi ser está llamándote constantemente, oh Señor; cuando sé que lo que creo que es mío, siempre ha sido tuyo? ¿Qué palabras – me pregunto – podría yo decir para que mi mente no se separe nunca más de ti, y para que mis ojos no dejen de contemplar tu santo Rostro? ¿Qué hacer ahora que he descubierto que soy un sueño dentro de tu bendita mente; cuando lo soñado desea comunicarse con el soñador dentro del sueño? Tal vez la respuesta sea soñar con quien me sueña… y luego escribirlo en un libro para que otros también puedan escuchar tu canción, probar tu sabor y danzar por tu amor.

Por mucho que alguien rece y rece, quizás no sea escuchado. Por mucho que el hipócrita grite, no será entendido. Pero, si alguien canta la canción del silencio, habitará en las escalas musicales que se corresponden a los Siete Cielos, y descubrirá que todos los elementos te cantan a ti, o noble Gurú. Que los seres te cantan a ti, o ilustre Gobernador. Que las leyes te cantan a ti, oh Néctar de la inmortalidad. Que la vida te canta a ti, oh Dador de vida. Que los ángeles y los seres superiores te cantan a ti, oh Destructor de la ignorancia. Que los cielos y la tierra te cantan a ti, oh Señor de señores. Que los hombres y mujeres que han descubierto la pureza de su alma, te cantan y te alaban a ti en todo momento y en toda circunstancia… y luego guardan silencio. Así hacen los que practican meditación, los maestros espirituales y los que estudian las escrituras sagradas. Así hacen los corazones y las mentes disciplinadas, los que tienen los sentidos domesticados, los sabios, los que se inclinan y los que se postran ante ti, los hijos de buenas familias, los pacificadores y los limpios de corazón.

Aquellos que, en el progreso de la Octava Ascensión, reconocen su pureza esencial y se unen a Dios, se convierten en luces vivientes, ante los cuales toda la creación se inclina. Meditando en el Uno, se transforman en la corte real de lo divino. Fluyendo con el Dharma, el sufrimiento y el error se desvanecen, y el alma desemboca en el océano de virtudes que llevamos en nuestro interior. Fluyendo con el Dharma, el ciego recupera la vista y el paralítico se levanta de su silla para adorar a su Creador. Fluyendo con el Dharma, el orante habita en todas las mansiones del aprendizaje, y los golpes y los insultos de los demás ya no tocarán nunca más su verdadero ser. Fluyendo con el Dharma, no tendrá que buscar atajos para alcanzar la vida dentro de la vida. Fluyendo con el Dharma, los demonios no resistirán su compañía, encontrará las puertas de la liberación, y llevará consigo a todos sus seres queridos; porque se ha prometido que, en estos tiempos, si un solo ser humano alcanza la Octava Ascensión, toda la humanidad la alcanzará con él, beneficiándose de sus méritos.

Existen mundos y mundos por encima y por debajo de nosotros, aseguraba Gurú Nanak. Quien busca esos mundos, acabará cansándose. Pero quien te busca a ti, oh Señor, se unirá a ti y se hará uno contigo, cantando tus virtudes, tus nombres, tus cualidades y tus prodigios.

Más allá de todo precio, está el conocimiento divino. Más allá de todo precio, está el amor verdadero. Más allá de todo precio, está la servidumbre verdadera. Verdadero es el increado Maestro de la Creación. Verdadera es su misericordia y verdadera es su bondad. Verdadero es quien se sumerge en el silencio de la escucha y llega al lugar donde todo es música. La visión se aclara para quien escucha profundamente. El amor crece para quien escucha profundamente. Todos los aspectos de la divinidad se juntan para quien escucha profundamente. Los secretos se revelan para quien escucha profundamente. La inmortalidad pertenece a quien escucha profundamente… y luego canta.

Caminar de la oscuridad del ego a la luz del propio espíritu es lo que significa ser un Sij del Gurú. Comprender y domesticar la mente es lo que significa ser un Sij del Gurú. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, es lo que significa ser un Sij del Gurú…

Palabra de Dios.