Cuenta
la leyenda que, hace mucho tiempo, cuando Marruecos estaba sumido en una
oscuridad espiritual, habiendo cambiado a Dios por el extremismo religioso que
predicaban los ulemas más radicales, un sufí errante llegó a la plaza Jemaa Fna, de Marrakech, con un loro en
su hombro y un mono a su lado atado con una cuerda. Entonces buscó un lugar
donde todo el mundo pudiera verle y comenzó a llamar a la gente, asegurándoles que
se prepararan para presenciar la maravilla de las maravillas. Cuando hubo
reunido una gran multitud, señaló al loro y, de repente, el animal comenzó a
repetir el Testimonio de Fe islámico y a recitar algunos versos del Sagrado
Corán. La gente, que no salía de su asombro, quedó muda sin saber qué pensar.
Luego del derviche señaló al mono y el animal comenzó a realizar los
movimientos de la ablución y de la oración, mientras los viandantes lo miraban
estupefactos. No obstante, pronto se corrió la voz, y un grupo de ulemas e
imames se apresuraron a llegar a la plaza y, al ver el espectáculo, se rasgaron
las vestiduras, gritando injurias contra el derviche. Allí mismo lo apresaron y
lo acusaron de blasfemia y herejía, asegurando que se estaba burlando de Dios y
del Islam, y se prepararon para asesinarlo. Pero el derviche, muy tranquilo,
dijo: - ¿Quién tiene mayor pecado? Yo, que trato a los animales como personas y
les enseño a recitar el Libro Sagrado y los movimientos prescritos, o vosotros,
que tratáis a las personas como animales, intentando amaestrarlas y os alegráis
cuando repiten las palabras y los movimientos que les habéis enseñado. Habéis
encerrado a Dios en ritos, supersticiones y superchería porque no os habéis
atrevido a dejarle entrar en vuestros corazones. El pueblo merece un Dios que pueda
sentir, no un Dios al que adorar por miedo al cielo, al infierno, por apego a
la tradición o por complacer a los ulemas. Ellos – dijo señalando a la multitud
que se había congregado - merecen a un Dios cercano al que se puedan acercar
libremente. Y que aquellos que les guíen hacia Él no los traten como loros ni
como monos de circo – Abdullah, porque ese es el nombre que los sufís damos a
los derviches que el tiempo ha olvidado, fue asesinado allí mismo, pero su
muerte no fue en vano, porque algo sucedió en las personas que lo oyeron y que
presenciaron estos hechos. Un nuevo movimiento interior revolucionó Marraquech,
destronando el literalismo religioso, buscando a un Dios más cercano y
destronando a los que pretendieron hablar en Su Nombre. Hoy en día, como en
aquel entonces, parece que alguien se haya empeñado en ocultarnos a ese buen
Dios, olvidando o negando igualmente esta historia. Realmente yo no sé si es
cierta o no, porque en las historias de derviches nunca sabes qué hay de
literal y qué de legendario, pero lo cierto es que, una noche al año, en el mes
de marzo, cuando los turistas se han marchado a sus hoteles, los tenderetes han
cerrado, los encantadores de serpientes, los aguadores, las tatuadoras de henna
y los hechiceros que adivinan el porvenir ya no están, un extraño grupo de
personas, cubiertas con solideos, vistiendo chilabas negras, se reúnen en
cierto lugar de la Plaza Jemaa Fna para alabar a su Señor y honrar la memoria
de un hombre en el aniversario de su muerte, un hombre al que se le recuerda
llevando un mono y un loro, y por el que muchos se inspiraron para buscar a un
Dios que merece ser sentido.
"Mi corazón se ha hecho capaz de adoptar todas las formas. Es pasto para gacelas y convento de monjes cristianos. Para los ídolos templo. Kaaba para el peregrino. Es las Tablas de la Torah y es el libro del Corán. La religión del Amor sigo, hacia donde me lleve su cabalgadura, pues Amor es mi Destino y mi fe." Ibn al Arabi
miércoles, 12 de marzo de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
Meditación Taoísta/Sufí
Neijing (内静, 外敬) y Lian Xu He Tao
Cuando el ego
está muerto, el espíritu emerge. Ubíquese
en un espacio y lugar adecuado para la práctica meditativa y proceda a
relajarse y aliviar las tensiones del cuerpo. Cuando te sientes para meditar, hazlo sobre un cojín. Suéltate la ropa y cruza
las piernas con suavidad. Siéntate de cara al este. Junta las manos y ponlas
delante del cuerpo en la forma del símbolo del Tai-Chi. La espalda debe estar
recta. Coloca la lengua sobre el paladar. Debes escuchar en alerta pero sin
estar unido a los sonidos. Hacer pero sin hacer es el arte de meditar, el arte
de la no-acción y el camino hacia el Tao. Deja que caigan los párpados, pero no
cierres del todo los ojos. Permite que entre algo de luz. En la meditación es
muy importante no dejarnos llevar por los pensamientos discursivos ni por la
algarabía mental. Debemos buscar el silencio, sentir el silencio, escuchar el
silencio y ser el silencio. Si los pensamientos te secuestran, te saldrás del
camino hacia el Tao, el espíritu no será puro y tus esfuerzos por cultivarte no
te llevarán a nada. Igualmente, en cuanto surjan los sentimientos, el corazón
no estará tranquilo y el logro del Tao será imposible. No navegues hacia el
pasado, no viajes hacia el futuro, la inmortalidad está en el aquí y el ahora
¡Conviértete un Hijo del Instante! Cierra la boca y pon la lengua sobre el
paladar para que la energía interna no pueda disiparse. En la meditación se
anula el habla, pues así se conserva la energía vital. Se da descanso a los
oídos, pues así se busca el silencio, y se disuelven los pensamientos para
conservar la energía espiritual. Cuando estas energías ya no se disipen,
alcanzarás la inmortalidad en el Tao. El camino hacia el Tao es múltiple, pero
el Tao es Uno. Ten en cuenta que por un aliento entramos en este mundo y por un
aliento saldremos de él, por eso será fundamental prestar atención a la
respiración. La respiración acompaña a la vida. Todo aquel que permanece atento
a su respiración, permanece atento a la vida, y quien se distrae de ella o la
ignora está como muerto. La respiración es como un hilo que nos engancha a la
existencia. La vida es el Tao. Estar pendiente de este hilo es estar pendiente
de la respiración.
“Existe un ser completo, existente antes del Cielo y la Tierra. Es
silencioso e ilimitado, único e inmutable, está dando un movimiento giratorio e
incansable. Puede que haya sido la Madre del Universo. No sé su nombre, lo
denomino Tao. Y, a falta de mejor palabra, lo llamo Grande. Siendo grande,
fluye como desaparecido. Y habiendo llegado lejos, puede retornar.” Lao Tze.
Quien sigue este
hilo es calmado y sereno, mana con la existencia y se une a ella. Como el agua,
será capaz de adoptar todas las formas. Como el junco, será fuerte en su
flexibilidad. Como la hormiga, será sencilla pero tenaz en su trabajo. Seguir
el hilo de la respiración es seguir el hilo de la vida. Hay que recoger ese
hilo y seguirlo para aprehender el camino y llegar hasta la cometa, que es el
alma, y conocer el alma, y al conocer el alma, unirse al Tao. Quien sigue ese
hilo se encuentra a sí mismo, pero quien lo suelta se pierde a sí mismo. Todas las
criaturas son parte del Tao y el Tao es parte de las criaturas, pero el Tao es
mayor que las criaturas. Hay cuatro grandes en la existencia: el ser humano, la
tierra, el cielo y la naturaleza, pero el Tao es mayor, y todo lo demás es obra
suya.
En el cordel del la cometa encontraremos algunas banderitas de oración
hasta llegar al alma. Estas banderitas son oraciones y reflexiones en el camino
del Tao. Seguirlas es buscar al Tao. Cada religión y cada maestro inmortal tiene
su banderita sujeta a este hilo, pero el caminante que busca al Tao, que no
tiene más religión que su camino y más maestro que el Tao, se puede nutrir de
todas ellas. El Tao nos rodea y nos une, crea la vida y la
hace crecer. Es un campo de fuerza del que se desprenden todas las cosas vivientes.
Comprenderlo es comprender el universo, las estrellas, los planetas, la vida...
Servirle te convierte en un poderoso ser de luz, aliarte a él es servir a la
verdad y a la justicia, y luchar por preservarla. Quien logra comprender esto,
es sereno y calmado, está pasivo pero alerta, es maestro pero aprendiz. La
violencia atenta contra el universo a menos que sea para preservar la justicia
y la vida. El Tao es la Fuente de cada ser vivo, de cada animal y de cada
planta, pero también de la roca, la montaña y el mar. Ser conscientes de él nos
revela secretos que nos harán evolucionar, preservando la belleza que nos rodea.
Unirte al Tao hará que cambies la expresión “esto
lo he hecho yo” por “esto está
sucediendo a través de mí”. Dejar que la energía del Tao fluya a través de
nosotros es aprender la doctrina del universo. ¡Pero cuidado!, no debemos hacer
las cosas movidos por el odio, la envidia, la codicia, la pereza, los celos, el
desasosiego o la maledicencia. Estas cosas son malas, te llevan a perder
energía y a quedarte vacío de ella, lo que te desembocará también en perder la
paz y el camino del Tao. Quien conserva la paz, no pierde nunca su camino.
En nuestra meditación nos vaciamos de nosotros mismos para unirnos al Tao. En
el Tao no hay contrarios, del Tao partió el Yin y el Yang, surgió la tierra y
el cielo. Del Tao nació todo y todo regresará al Tao.
Nuestra existencia pasa como un sueño, pero el Tao es siempre Consciente,
Eterno, Inmutable, Incesante e Infinito. Algunos piensan que el Tao está muerto
o inactivo, esto es un gran error. El Tao no puede ser descrito, pero puede ser
sentido. Meditar es buscar unirnos con el Tao y sentir el Tao.
“El Tao que puede llamarse Tao no es el
verdadero Tao. El nombre que se le puede dar no es su verdadero nombre. Sin
nombre es el principio del Cielo y la Tierra; y con nombre, es la madre de las
diez mil cosas. Desde el No-Ser comprendemos su esencia; y desde el Ser, sólo
vemos su apariencia. Ambas cosas, Ser y No-Ser, tienen el mismo origen, aunque
distinto nombre. Su identidad es el Misterio. Y en este Misterio se halla la
puerta de toda maravilla.” Tao Te King.
Una de las banderitas de oración que encontraremos en ese hilo son los
cuatro deseos superiores, que recitaremos al principio o al final de nuestra
meditación, porque estos pensamientos nos unen a los seres y nos unen al Tao,
guardando el secreto del Uno sin contrarios, del Uno que son muchos, de muchos
que quieres regresar al Uno. El agua es Tao, la tierra es Tao, el Aire es Tao,
el fuego es Tao, el espacio es Tao, los seres son Tao y el hombre es Tao. El Tao
creó los elementos y todo está compuesto por ellos, por lo que todo está
compuesto por el Tao. Comprender esto es querer vivenciarlo, querer vivenciarlo
es querer unirnos con el Tao, querer unirnos al Tao es comprender que lo de
dentro es igual a lo de fuera. Quien no puede comprenderlo, no comprender el
Tao.
“Que
todos los seres sintientes alcancen la Felicidad y sus causas. Que todos los
seres sintientes estén libres del sufrimiento y de sus causas. Que todos los
seres sintientes puedan morar en la ecuanimidad, el gozo, la alegría, la salud,
la serenidad, la paz… alejados del deseo y de la ignorancia. Que todos los
seres sintientes alcancen el Supremo Despertar.”
La disciplina y
el trabajo meditativo o de contemplación, también llamado de búsqueda o
alquimia interior, requiere tiempo, continuidad, determinación y dedicación. El
Tao, como ya hemos dicho, no puede ser descrito, pero debe ser buscado y
vivido. Y esa búsqueda es la mayor de la empresas de la humanidad pero la menos
valorada.
“Permanecer en el camino del Tao requiere
disciplina. Hay que tomarse este conocimiento en serio y practicarlo en todo
momento, de otra manera, aunque sepáis lo que hay que hacer, nada obtendréis” Wang Chung-Yang
Algunos
recomiendan elaborar un altar frente a nosotros, poniendo quizás el símbolo del
Tai-Chi, queriendo representar lo que no puede ser representado, manteniéndolo siempre
limpio y bien cuidado, con ofrendas como fruta fresca, agua o incienso. Otros han
hecho de su propio cuerpo un altar agradable al Tao, en el que el Tao mora.
¡Esto último es mucho mejor! Comenzar y finalizar inclinándonos o postrándonos ante
lo Infinito es un símbolo de respeto y humildad.
domingo, 19 de enero de 2014
Un corazón que sienta
“En cierta ocasión, Dios,
bendito sea Su Nombre, llamó a Moisés desde el Sinaí y le pidió que le subiera
a la persona con el corazón más hermoso y perfecto de toda la comunidad. Así,
cuando bajó del monte, congregó a la multitud y eligieron a un joven cuyo
corazón no tenía ninguna marca aparente ni rasguño alguno, lo subieron y lo
pusieron en el altar. No obstante, Dios, contemplándolo, le preguntó a Moisés -
¿No te he dicho que quería que me trajeras un corazón perfecto? ¿Por qué me
subes éste? Anda, baja y súbeme lo que te he pedido – Desconcertado, Moisés
bajó de nuevo junto al joven y contó lo sucedido, eligiendo a una persona que
había estado toda su vida en reclusión, cuyo corazón no tenía ninguna herida y
era grande y vigoroso. No obstante, cuando Dios le vio, le hizo la misma
pregunta y lo devolvió. Así, uno a uno fueron subiendo todos los que creyeron
tener un corazón perfecto hasta que sólo quedó un anciano cuyo corazón estaba
lleno de cicatrices y le faltaban algunos trozos que habían sido reemplazados
por otros que no encajaban demasiado bien, incluso tenía lugares donde no había
carne y estaba hecho un desastre. No obstante, subiendo, cuando Dios le vio, se
alegró mucho y dijo a Moisés. - ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Este es el corazón más bello que
he visto nunca. ¡Este es un corazón semejante al mío! – Moisés, desconcertado,
preguntó: - ¿Señor, cómo puede ser este corazón más hermoso que los anteriores?
¿Cómo puede ser éste semejante al tuyo si tú eres perfecto? – a lo que Dios
respondió – Mira al anciano, cada cicatriz representa una persona a la que
entregó todo su amor. Arrancó trozos de su corazón para darlos, sin pedir nada
a cambio. Algunos también le regalaron trozos de los suyos, que él ha colocado
en el lugar que quedó abierto pero, como las piezas no eran iguales, el corazón
parece irregular. Hubo momentos en los que entregó un trozo a alguien, pero esa
persona no le ofreció un poco del suyo y ahí quedaron huecos. Si pudieras ver
Mi Corazón, hijo mío… Dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que las
heridas Me producen, igualmente Me recuerdan que sigo amando a esas personas, y
eso me da esperanza de que algún día regresen y llenen el vació que dejaron en
Mí. ¿Comprendes ahora qué es un corazón verdaderamente hermoso y perfecto? –
Moisés, llorando desconsolado, se arrancó un trozo de su corazón y se lo
ofreció a Dios, y Dios lo recibió y lo colocó en su corazón. Luego Dios arrancó
un trozo del Suyo y se lo dio a Moisés, tapando la herida abierta. La pieza se
amoldó, pero no a la perfección. Entonces Moisés miró su corazón, ya no era
perfecto, pero le hacía sentir mejor porque el Amor de Dios”
"LA BÚSQUEDA DEL SILENCIO" Un nuevo capítulo de "la Taberna del Derviche Blanco", en el mítico programa de radio "Espacio en Blanco", 18/01/2014 a partir de la segunda hora y minuto 34. Espero que les guste...
http://www.rtve.es/alacarta/audios/espacio-en-blanco/espacio-blanco-2-180114/2324929/
lunes, 13 de enero de 2014
LA ESPERANZA INDIA
La
India te destruye para volver a crearte. Pierdes tu alma con cada súplica de
limosna no atendida o ignorando las oraciones que podrías haber realizado en el
interior de alguno de los millones de templos que se extienden a lo ancho y
largo del país, de las pagodas, de las mezquitas e iglesias.
Pero
la nueva India no ha olvidado el sistema de castas, no se ha contagiado de la
bondad de Mahatma Gandhi, ni sus
dirigentes han aprendido a servir al pueblo como Teresa de Calcuta. No obstante, la India lo es todo. Es magia en
estado puro, espiritualidad a raudales. Es la guardiana y portadora de los
secretos del mundo antiguo y de los reinos que conviven por debajo y por encima
de éste.
La
India es la cuna de numerosos hombres santos, de renunciantes, de beatos
iluminados y de portadores de ocultos secretos. ¡La India es mística e historia
de la mística! No hay otro lugar en la tierra que se le pueda comparar. Los
antiguos santuarios sufíes de Delhi, mausoleos de héroes espirituales que adoptaron
el camino de la religión interior, duermen ahora bajo el polvo de la ciudad
siendo víctima de los estragos del tiempo
Sus
calles son sucias y están atestadas de gente. Los vehículos circulan sin
control entre los peatones, que se juegan la vida para alcanzar la otra orilla.
Miles de personas salen diariamente a la calle, acompañando al sol, en su lucha
común para poder traer algo de dinero a casa. Centenares de ancianos sin
familia y sin hogar esperan pacientemente la llegada de la dulce muerte sentados
en las aceras de las ciudades, viendo pasar un mundo, que no se ha apiadado de
ellos. Igualmente, los niños de las castas más bajas vagabundean como fantasmas
esperando ver el rostro de algún turista despistado al que puedan suplicar
algunas monedas.
Este país, recogiendo el legado del manuscrito “Las Leyes de Manu” está divido en
cuatro castas mayores y miles de sub-castas. Cada persona, según su karma,
pertenece por derecho de sangre a uno de los cuatro grupos endogámicos, de los
que sólo la muerte o el Islam los podrá liberar.
Los Brahmanes son
sacerdotes y estudiosos, nacidos de la cabeza de Brahma. Los Chatrias son guerreros, nacidos de los
hombros de la deidad. Los Vaishias se
dedican al comercio y la artesanía, naciendo de las caderas de Brahma, y los
Sudras son los siervos, la clase baja, fundamentalmente obreros y campesinos,
nacidos de los pies del dios.
Sin embargo, en la India existe otro grupo de personas de las que
nadie habla. Seres que, por no tener, no tienen ni casta.
No se les considera hijos de Dios porque se supone que no han
nacido de Él, son los llamados “intocables”. Quien se acerca a ellos queda
contaminado de su maldición. También se les conoce como “los sin-nombre”,
porque nadie los menciona, o por “los invisibles”, porque nadie quiere verlos,
aunque están ahí, muriendo en cualquier esquina, en medio de la calle, o
exiliados en Slum. Palabra que no tiene traducción porque la traducción a
lenguas occidentales es demasiado terrible, ya que no hay nada aquí que podamos
comparar.
Para hacernos una idea, estos Slum son vertederos donde malviven
miles de seres humanos al amparo de la miseria más terrible, rodeados de ratas,
gérmenes, excrementos y todo tipo de enfermedades.
Además de los anteriores, también se les conoce con el nombre de
Dalit y se encargan de retirar los cadáveres de los animales, trabajan el cuero
y realizan labores de limpieza, sobre todo de aseos y de otros lugares
igualmente considerados impuros.
No tienen derecho a la escolarización de sus hijos, ni a asistencia
médica, ni a vivir… y lo único que se espera de ellos es que mueran en
silencio, pronto y sin molestar demasiado, porque hasta su presencia resulta
molesta para algunos.
Amigo/amiga
lector desconocido, te aseguro que no es lo mismo oír o leer sobre ellos que
verlos con tus propios ojos. Cuando una realidad así se te presenta, el corazón
no puede soportarla y alma intenta salir del cuerpo para no tener que
presenciar tanto horror. Entonces las lágrimas emergen sin parar, porque el
corazón no puede negar lo que ve, y el alma no puede quedar impasible ante el
sufrimiento de seres humanos: bebés, niños, ancianos etc., nacidos en un
infierno y condenados a morir en él sufriendo de la forma más terrible.
Si
el alma aquí guarda silencio, si ante tanto sufrimiento la compasión no emerge,
es que no eres un ser humano y, hayas nacido en la casta que hayas nacido, de
la cabeza, los hombros, las caderas o los pies de Brahma, ¡no eres un Hijo de
Dios! Cuando la compasión es extraña en una sociedad hay que empezar a
reconocer que tenemos un problema.
Durante
cuatro semanas había estado deambulando por la India, rodeándome de gente de
todas clases, rezando junto a personas con enfermedades terribles, hablando con
hombres y mujeres con las malformaciones más horrendas, escuchando historias de
superación como no he conocido en otros lugares.
La
lepra, que yo creí un resquicio del pasado, de tiempos bíblicos, es tan común
en la India como una gripe, y no es extraño ver a alguien sentado pidiendo
limosna en cualquier lugar con las manos vendadas por la falta de dedos o con
el rostro tapado porque ha perdido la nariz.
Y,
después de haber sufrido dos semanas por la ingesta de alimentos en mal estado,
decidí, muy a mi pesar, frecuentar una franquicia de comida rápida
norteamericana para evitar caer de nuevo en la prisión del inodoro. Fue en esto
cuando, saliendo del hotel, buscando el restaurante antes de dar por terminado
el día, que me topé con algo que todavía hoy no me he podido sacar de la
cabeza. Entre la multitud que caminábamos ocupando las callejuelas, quiso mi
mirada posarse en dos pequeñuelos, hermanos quizás, de no más de cuatro y cinco
años, o tres y cuatro, de los llamados Dalit, con ropas roídas y pies
descalzos, que caminaban de la mano delante de mí. Su piel sucia y oscura, y
sus cuerpos demacrados denunciaban su linaje sin dificultad.
Me
resultó tan tierna la escena que no quise apartar mi mirada de ellos hasta que
un muchacho en un ciclomotor pasó rozándome el brazo y se puso delante de mí.
Sin dar crédito, vi cómo paraba al lado de los pequeños y estiraba una de sus
piernas para patearlos. En ese momento tuve que reaccionar. No lo pensé mucho y
golpeé su motocicleta en la rueda trasera, haciéndolo caer al suelo mientras,
en pie frente a él, le advertí que no iba a permitir que los golpeara.
Incluso
después de haber pasado tantos días allí, no podía creer que cosas semejantes
ocurrieran todavía en esta parte del mundo.
El
muchacho se levantó, cogió su moto y se fue mirándome sorprendido. Tan sorprendidos
como los dos pequeños que, con sus grandes ojos oscuros, no apartaban la vista
de mí. Tan sorprendidos también como yo de haber sido testigo de un acto tan
atroz.
Sin
darles tiempo a reaccionar, los cogí de la mano y los llevé conmigo para que
pudieran comer algo quizás por primera vez en todo el día. En esos momentos,
sintiendo sus pequeñas y delgadas manitas y bracitos entre los míos, me sentí
más cerca de Dios que en cualquier templo o mezquita.
Siempre
le he pedido a mi Padre del Cielo que no me suelte de su mano. Ahora, sin
embargo, era Él quien tomaba la forma de dos niños pequeños y me dejaba coger
la Suya.
No
obstante, hasta aquí la historia podría haber tenido un final feliz, pero mi
estupor se vio colapsado cuando el vigilante de seguridad del restaurante me
detuvo, advirtiéndome que los dos pequeños no podían pasar al recinto.
Con
la rabia interior desbocada, aparté su mano de mí y le dije que ellos pasarían
conmigo, que les compraría lo que quisieran y que lo tomaríamos sentados en el
local. Pero el hombre, amenazándome, echando mano de su porra, fue contundente.
¡Los pequeños no pasarían! Todo lo que ellos tocaban quedaba contaminado.
Apelé
a su compasión. Le pregunté si tenía hijos. Le dije que los mirara como si
fueran de su propia carne, pero nada de esto hizo mella en un corazón de
piedra.
Evaluando
la situación, intentando enfriar la sangre, apreté los puños y me rendí. ¿Qué
podía hacer? ¿Luchar contra todo un país, contra una cultura?
Con
el alma en los pies, entré en el lugar y compré algo de comer, que entregué a
los pequeños mientras yo regresaba al hotel sin saber cómo hacer para digerir
lo ocurrido. Tuve que irme corriendo de su lado porque no quería que me vieran
llorar. Como dije, la India te destruye para crearte de nuevo, y es en estos
momentos donde realmente sale a relucir quién eres en realidad y no lo que
creías ser.
El
día siguiente lo pasé en el hotel sin poder salir, ahogado por la pena. Al caer
la noche volví a buscarlos por el barrio, pero no los encontré.
Totalmente
asfixiado de dolor, cambié el billete que me llevaría a Varanasi, y
posteriormente a Katmandú, y regresé a España. Estaba hundido, derrotado,
muerto… suplicando a Dios una respuesta. ¿Qué podría hacer una insignificante
rata como yo para ayudar a tantos seres que sufren? No obstante, la respuesta
vino unos días después, cuando en televisión anunciaron la muerte de un señor
llamado Vicente Ferrer, y en alguna cadena emitieron un reportaje sobre su vida
y obra.
Antiguo
Jesuita, Vicente no dudó en dejar la orden para servir a Dios de una manera más
dura, luchando para dar derechos a quien no los tenían. Su fundación en la
ciudad de Anantapur disputa todavía hoy por escolarizar a los Dalit,
procurarles asistencia sanitaria y ofrecerles un futuro digno, ante los
intereses demoníacos de algunos seres sin escrúpulos.
A
partir de aquel instante me enamoré de Vicente Ferrer y colaboro con una
cantidad mensual que, si bien gracias a Dios no ha callado la voz de mi conciencia,
sabiendo que no es suficiente, al menos, unido a tantos otros seres con sangre
en sus venas, estoy seguro de estar ayudado a los pobres más pobres del
planeta, sintiéndome además honrado de pertenecer a la obra de quien siguió el
ejemplo de Jesús como otros ya quisieran.
Suelo
además contar esta historia allá donde voy para que, si en algo ha tocado sus
corazones, hagan algo, que es muy poco pero a la vez tanto. En un túnel oscuro,
la luz de una vela es menos que nada y puede guiarnos hacia la salida. Esa
vela, en el distrito de Andhra Pradesh ya está encendida…
lunes, 30 de diciembre de 2013
SÓLO PARA DERVICHES
"Cuando llegué a Delhi busqué la casa de dos maestros sufís muy afamados pero de distintas escuelas. Después de descansar un rato en el hotel para reponerme del viaje, entré en el barrio musulmán, pregunté por uno de ellos y tras dar algunas vueltas alrededor de la derga de Nizamudin, encontré un maravilloso lugar bellamente decorado y dispuesto. Había tantos peregrinos que la gente no podía ni sentarse en el suelo de la mezquita. Entonces me interesé por las enseñanzas que predicaba el maestro y me dijeron que hablaba sobre todo de cómo conseguir la felicidad. Muy contento, pasé allí una semana y, después de haber aprendido algunas de sus recitaciones y haber oído sus discursos, busqué la otra zawiyya. Cuando la encontré, me sorprendí de su pobreza y austeridad, además de que no hubiera ni un alma, tan solo un viejecito leyendo el Corán sentado en un rincón de la sala habilitada como mezquita. Como me extrañó tanto la diferencia entre un lugar y otro, pregunté al anciano qué enseñaba este sheij y, después de pensarlo durante algunos minutos, terminó por confesarme – Pues realmente no lo sé porque está todo el día hablando de Dios. Dice que ama a Dios a todas horas, hasta dormido. ¡Está un poco loco! Nunca le he escuchado decir otra cosa – Al oír esto decidí quedarme con él algunos días, hasta que, sin darme cuenta, pasó un mes y tuve que regresar a España, pero todavía vuelvo, en mis sueños, a visitar a aquel maestro que, como decía el anciano, sólo hablaba de cómo amaba Dios y estaba un poco loco, pero en ese amor había algo hipnótico, especial, algo que despertaba también mi locura, la experiencia de un corazón enamorado que no podía dejar de hablar de su Amada, porque cuando el amor es de verdad no hay nadie que te pueda callar, y así él también me enamoró y me condujo hasta la puerta de Laila. Ahora, cuando alguien me pregunta qué enseño yo, siempre le contesto: - Pues realmente no lo sé, porque yo sólo amo a Dios -"
http://www.lulu.com/shop/manuel-i-fern%C3%A1ndez-mu%C3%B1oz/la-taberna-del-derviche-cuentos-y-sabidur%C3%ADa-suf%C3%AD/ebook/product-21289765.html
sábado, 7 de septiembre de 2013
lunes, 26 de agosto de 2013
LA ÚLTIMA MEZQUITA
Cuando algunos me
preguntan por qué no he ido todavía a visitar Jerusalén, sabiendo lo que siento
por esta ciudad, yo les suelo contar esta historia...
Dicen que un peregrino llegó
a Isphahan y, dispuesto a entrar en una de sus muchas mezquitas, se fijó en algo
inusual. En la entrada de la misma, justo a dos palmos del suelo al lado de la
puerta, había un cartel en memoria de un hombre. Siendo esto poco habitual en
el Islam, y además situado en un lugar tan extraño, cerca del piso, quiso
conocer el por qué y, al preguntar, le dijeron:
"Hace mucho tiempo un hombre de origen andalusí tuvo un
sueño. Soñó con una preciosa mezquita la cual estaba siempre habitada por santos y santas, y la Presencia
de Dios jamás la abandonaba. Tanto le impresionó aquella
visión que, dejando casa, negocio, familia y todas sus pertenencias, recorrió
el mundo entero, desde Al–Andalus hasta China,
peregrinando de mezquita en mezquita buscando una en la que hallara la
Verdad. Siendo ya muy mayor, habiendo recorrido el mundo entero y conocido
todas las mezquitas, concluyó su aventura y se le podía ver sentado en la
puerta de ésta, la última del mundo, la última que le quedaba por visitar, sin
querer entrar porque con ella terminaría su búsqueda. Cuentan que el hombre
jamás traspasó sus lindes, que esperaba fuera rezando, mirando el horizonte,
suspirando y recitando el Sagrado Corán hasta que ya nadie lo volvió a ver
jamás. El mismo día en que desapareció, una lápida sin nombre apareció en el
cementerio, de la cual emanaba un intenso olor a almizcle. Nosotros hemos
dejado este monumento a él en recuerdo de su hazaña, justo en el lugar donde se
sentaba, ahí abajo, porque nunca abandonó su búsqueda, porque nunca abandonó
su sueño, siempre fue tras él.
Si hubiera pasado y no hubiera encontrado lo
que buscaba, habría muerto de dolor creyendo haber malgastado su vida. Pero si
hubiera entrado, igualmente su búsqueda habría terminado, y también habría
acabado su vida por carecer de otro sueño. Por eso se quedó aquí, en la puerta,
soñando y a la vez temiendo esta última mezquita."
En el lenguaje secreto de los
sufís, como la caja de Pandora, esta última mezquita representa la esperanza,
lo que nos hace seguir buscando. Esta mezquita final es dejar de leer las
últimas páginas de un libro que nos ha fascinado porque así nunca se acabará.
Es rozar los labios de la amada sin acabar de consumar el beso para sostenerlo
en el tiempo hasta la eternidad. La razón oculta por la que nunca decimos
adiós, sino hasta pronto. El anhelo interior que nos hace esperar en la puerta
del Templo del Señor anhelando y temiendo al mismo tiempo que sea
realmente la última mezquita porque habría acabado nuestra búsqueda. Es la
esperanza de seguir buscando, porque si Dios es Eterno, nuestra búsqueda deberá
igualmente ser eterna. Yo temo visitar Jerusalén porque quizás sea mi última
mezquita, y todavía no me he cansado de buscar ya que en cumplir mis sueños
dedico toda mi vida y eso es lo que me hace levantar cada mañana.
Aquel monumento en honor a
ese hombre tenía un nombre común, Abdullah, siervo de Dios, un nombre al que
podemos responder todos porque es masculino y femenino. Por tanto, aquel
monumento era un recuerdo a nuestro niño perdido, a los sueños que dejamos por
el camino y a la aventura de retomarlos. ¿Qué sería de mí sin mi búsqueda?
EXTRACTO DE: LA TABERNA DEL DERVICHE
http://www.lulu.com/shop/manuel-i-fernández-muñoz/la-taberna-de-los-derviches-cuentos-y-sabiduría-sufí/ebook/product-21161186.html
sábado, 3 de agosto de 2013
EL SADDAY
"La tradición oral egipcia sigue narrando la historia de aquella vez que llegué con un grupo de españoles al Sinaí y me encontré en la cima con un niño que rezaba mirando al horizonte. Acercándome al pequeño, le pregunté con sorna: - ¿Con quién hablabas? – ¡Con Dios! – Respondió el niño - ¿Qué Dios? ¡Yo no puedo verlo! – Repliqué. Pero el pequeño, señalando con su dedo algún punto delante de él, me dijo - Quizás debería mirar mejor - ¿Hablas con un Dios que solamente puedes ver tú? – Seguí preguntando - ¡Ése es su secreto y el mío! – Contestó - ¿Y te responde? – insistí - ¡Oh, por supuesto señor! - dijo finalmente y, volviendo su mirada entre las escarpadas cumbres, comenzó a entonar extractos del Sagrado Corán mientras yo me daba la vuelta y regresaba donde acampaban mis compañeros. No obstante, cuando me senté junto a ellos, uno me preguntó: - ¿Con quién hablabas? – Con un niño – respondí - ¿Qué niño? ¡Yo no puedo verlo! – Me replicó y, señalando el lugar donde el pequeñuelo seguía recitando el Corán, comprendí que solo yo era capaz de verlo y oírlo. En aquel momento el corazón se me encogió, dejé de respirar y entendí lo que estaba pasando - ¡Quizás deberías mirar mejor! - dije finalmente mientras notaba cómo en mi alma se encendía una poderosa llama - ¿Hablas con un niño que solamente ves tú? – Siguió preguntándome - ¡Sí! - dije - ¡Ése es su secreto y el mío! - ¿Y te responde?- Insistió mi compañero – ¡Por supuesto! - ¿Y qué te ha dicho? - Volvió a preguntarme – Oh amigo mío, si te lo dijera me tomarías por loco. Ese niño era un ángel del Señor que me ha enseñado la Belleza que se esconde en los versos de su propio Coran-zón.
Años después me hice musulmán y subí de nuevo a la cima del Monte Moisés a salmodiar yo mismo lo que había encontrado en mi Corán pero, entre un verso y otro, desde algún lugar de la montaña, se volvió a escuchar la voz de un niño que, cada vez que yo callaba, él contestaba: - ¡Dios es el más Grande. No hay más dios que Dios! -"
Extracto de mi libro: LA TABERNA DEL DERVICHE
http://www.lulu.com/shop/manuel-i-fern%C3%A1ndez-mu%C3%B1oz/la-taberna-de-los-derviches/ebook/product-21090547.html
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